El narcotráfico se convirtió en una oferta atractiva de ocupación para una gran masa de jóvenes desempleados, que no encontraban trabajo debido al declive de la industria en Medellín y el valle de Aburrá
El narcotráfico en Medellín
La década del setenta se caracterizó por la aparición del narcotráfico en Colombia, liderado de manera particular por el llamado cartel de Medellín. Esta nueva forma de delincuencia fue liderada por personas de las clases media y alta, como Pablo Escobar Gaviria y la familia Ochoa, con el apoyo de los sectores populares, que veían en esa actividad la oportunidad de empleo con grandes ingresos de forma rápida y aparentemente segura. Ya hemos mencionado que la industria, tradicionalmente la principal fuente de empleo en la ciudad, había entrado en un proceso de recesión y decadencia.
En los primeros años de inicio del narcotráfico, ni las autoridades ni la sociedad reaccionaron de manera contundente contra esta actividad ilícita. Por el contrario, en los comienzos gozaba de cierta aceptación social e incluso política, pues los traficantes, en particular Pablo Escobar Gaviria, dedicaron sumas importantes para obras de beneficio social, como la construcción de barrios populares y el equipamiento urbano de instalaciones deportivas.
Por otro lado, el narcotráfico se convirtió en una oferta atractiva de ocupación para una gran masa de jóvenes desempleados, que no encontraban trabajo debido al declive de la industria en Medellín y el valle de Aburrá. Se formaron bandas de sicarios y de “mulas” (transportadores de drogas ilegales), al servicio del narcotráfico.
En la década del ochenta el negocio de las drogas ilícitas creció a niveles muy grandes. Los narcotraficantes se hicieron muy visibles y ostentosos con residencias y fincas suntuosas, automóviles de alta gama y gastos estrafalarios y desbordados.
El narcotráfico se convirtió en catalizador de otras formas de violencia y criminalidad. Se generalizó la justicia privada como medio para dirimir conflictos interpersonales y sociales. Surgieron también bandas de sicarios y grupos de autodefensa en los barrios. Se aumentaron dramáticamente los asesinatos, el secuestro, los robos y los atracos.
La ciudadanía asumió al principio una actitud de indiferencia y tolerancia hacia esta forma delictiva, con la actitud de que eran asuntos ajenos al público y con la creencia de que esa violencia era inevitable e incontrolable. El gobierno empezó a aumentar sus intentos de controlar este delito e incentivó las labores de búsqueda en procura de capturar los cabecillas. Esto generó una reacción violenta del narcotráfico con asesinatos de funcionarios, jueces, periodistas y policías, y con atentados dinamiteros en edificios oficiales y privados, y en el espacio público.
En 1991 Pablo Escobar se entregó a la justicia y esto pareció dar fin a la pesadilla de esta violencia. Sin embargo, su posterior fuga de la cárcel en julio de 1992 desató una nueva ola de violencia, esta vez por parte de grupos de justicia privada llamados Perseguidos por Pablo Escobar, los Pepes.
La muerte de Pablo Escobar en Medellín, el 2 de diciembre de 1993, en un operativo de las autoridades, no acabó con el narcotráfico ni con la violencia que se generaba alrededor de él. El negocio de las drogas ilícitas pasó a manos de cabecillas que aprendieron a manejarlo con bajo perfil personal y a sanear los capitales que introducen al país. Las bandas de “mulas” y sicarios que se formaron en los barrios continuaron funcionando transformándose en grupos de autodefensa y grupos de microtráfico de la droga, que, en la actualidad, principios del siglo veintiuno, constituyen uno de los problemas más graves de la ciudad.
Fuentes de consulta:
Salazar Jaramillo, Alonso. “No nacimos pa semilla”. Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep, Bogotá, cuarta edición 1991.
Arango Jaramillo, Mario. “Impacto del narcotráfico en Antioquia”. Editorial J. M. Arango, Medellín, cuarta edición, octubre 1988.
Continuará.